Feliz Navidad, piltrafillas

El cristianismo, a diferencia del resto, es la religión de lo concreto (y utilizo el término “religión” para que se entienda de lo que hablo, pues dicho término no hace justicia, ni de lejos, a lo que es realmente el cristianismo).

Hoy los cristianos celebramos esto: que Dios asumió un hígado particular, unos riñones que le permitían orinar, un paquete intestinal que le posibilitaba hacer caca, unas manos con las que podía comer y beber vino con sus amigos, una laringe y cuerdas vocales con las que hablar y cantar, etc. Hoy celebramos que Dios, asumiendo nuestra carne humana, flácida, lánguida y maloliente, ha divinizado todo lo humano pues, como decía Santa Teresa, “Dios anda entre pucheros”. Hoy celebramos, en definitiva, que Dios ha divinizado todo lo humano.

Ya no podemos dividir y separar radicalmente lo sagrado de lo profano. Dios, para quien está dispuesto a escuchar, habla tanto en la cocina, como en el templo, tanto en el bar en torno a unas birras, como en un monasterio. Está dispuesto a salir al encuentro tanto del que está adorándole ante el sagrario, como del que está recogiendo naranjas, tanto del que está salvando vidas en áfrica, como del que se está yendo de putas (sobre todo de éste).

Porque Dios ha querido recorrer nuestro mismo camino para reencontrarnos en todas nuestras realidades cotidianas y profanas y, sobretodo, para rescatarnos de aquellas realidades miserables de las que no podemos salir solos.

¡Así pues, feliz Navidad a todos, pero sobretodo a los que os reconocéis “personas de ínfima consistencia física y moral”, es decir, unos piltrafillas: para nosotros sí que es una fiesta cojonuda!

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Sobre el pudor

Creer que podemos desnudar nuestros cuerpos sin antes haber desnudado nuestras almas es como empezar la casa por el tejado… o como cagar p´adentro. No es más libre el (o la) que más exhibe, pues desnudando su cuerpo está intentando encubrir la desnudez de su alma, de la que se avergüenza. Es una forma de desviar la atención del otro, una técnica de distracción: “me impide ver a la mujer, para que no me fije más que en la montura”. Tapian su alma descubriendo su cuerpo. Por el contrario, las monjas carmelitas son auténticas expertas en el arte del strip – tease, pues “el espíritu se manifiesta en el rostro y en las manos, que hablan tanto como la lengua. Al velar el resto del cuerpo, el vestido permite el despliegue de esa palabra que puede desnudar hasta el corazón”. Uno se siente más desnudo ante el otro cuando le descubre su miseria, que cuando le muestra su cuerpo al descubierto. Pasearte en pelotas por una playa nudista es lo fácil. Meterte en el confesionario es lo realmente jodido: “¿qué nos deja más expuestos que la confesión de nuestra miseria y la súplica de una gracia?”

Incoherencia

Ayer me enteré de que un alumno de la ESO, que estudia en un colegio “católico”, ha tenido que realizar un trabajo sobre los distintos tipos de prácticas esotéricas a las que se recurre cuando uno quiere predecir su futuro (tarot, astrología, etc.). Sobra decir que la mayoría de estas prácticas (si no todas), además de haber sido condenadas desde hace siglos por la Iglesia, rozan el satanismo. Por si fuera poco, este verano fui conocedor, por otra alumna, de que en otro colegio “católico” una monja se disfrazó de hada madrina y empezó a esparcir polvitos mágicos, con la finalidad de representar el supuesto significado del miércoles de ceniza (y digo “supuesto” porque me pregunto yo qué cojones tendrá que ver un hada madrina con el miércoles de ceniza).

Imagino que éstos serán solo algunos de los muchos casos de hipocresía e incoherencia escandalosa que se darán, a diario, en los colegios de ideario “católico” de España.

Cada vez tengo más claro que, si alguna vez tengo hijos a los que mandar a un colegio, prefiero la coherencia del laicismo de la escuela pública, que la incoherencia, la hipocresía y el buenismo gilipollesco de la gran mayoría de las escuelas “católicas” de España.

El silencio del cuerpo

Una de las muchas manifestaciones de desprecio al cuerpo es la de no dejarle hablar. El cuerpo tiene un lenguaje propio, es decir, nos habla a nosotros mismos de quiénes somos y de para qué estamos hechos. Cuando el cuerpo deja de concebirse como un bien que nos revela nuestra identidad y vocación, lo despreciamos y le hacemos enmudecer. Pero, ¿por qué este desprecio, tan característico y exclusivo de los siglos XX y XXI, al cuerpo?

Todo empieza con Disney. Disney nos ha enseñado que uno puede ser lo que quiera, si se lo propone de verdad, y que debemos “probarlo todo” (última perlita de Zootrópolis: Try Everything). Disney nos propone constantemente que “construyamos nuestro propio destino”, que no hay nada que nos pueda detener, que nada ni nadie tiene derecho a decidir por nosotros. Y esto es algo que congenia a la perfección con el espíritu ávido y caprichoso propio de una sociedad consumista y capitalista, en la que todo lo puedo elegir: la Barbie o el todoterreno teledirigido, el grado en ingeniería o en ciencias jurídicas, pizza o pasta, echarme la siesta o jugar a los videojuegos, ir al cine o de birras con los amigos, ropa de Calvin Klein o de Giorgio Armani, etc. Pruébalo todo, inténtalo todo, te lo mereces todo, elígelo todo. Y así nos pasamos la vida eligiendo cosas, creyendo que cuanto más elegimos, más libres somos y más nos realizamos a nosotros mismos, alcanzando una mayor plenitud.

Pero, ¿y qué ocurre cuando algo no lo hemos elegido? No es casualidad que, desde mediados del siglo pasado, se esté produciendo un ataque frontal y directo contra la familia y contra el cuerpo. Y es que, claro está, estas dos realidades no las hemos elegido nosotros, por lo que nos resultan insoportables. De este modo, si yo no he elegido mi cuerpo, me incomoda su presencia y lo acabo despreciando (como quien desprecia a su compañero de trabajo o de piso, con el que no ha elegido convivir). Y el desprecio al cuerpo, como ya he dicho, deriva en su silencio. “¿Qué mi cuerpo marca en mí un camino de plenitud y realización que yo no elijo?, ¿que mi cuerpo me dice quién soy y para qué estoy hecho? Disculpa, no va a ser mi cuerpo, sino mi suprema voluntad, la que decida, más allá de si soy varón o mujer, qué diantres hacer con mi vida”.

Hemos perdido la capacidad de asombro ante nuestros propios cuerpos y, sobre todo, ante la diferencia entre el cuerpo del varón y de la mujer. Ya no le preguntamos a nuestro cuerpo. Más vale acallarlo, no vaya a ser que nos revele una verdad sobre nosotros mismos que no somos capaces de acoger.

La victoria de Trump

Los puritanos de nuestro tiempo están escandalizados con los resultados electorales de EEUU (basta con encender la tele o la radio): ¿cómo es posible que un hombre que dice palabrotas en la tele y que desprecia públicamente en función de la etnia, nacionalidad o sexo, pueda haber sido elegido presidente? “¿Besas a tu madre con esa boquita, Trump?” Le podrían preguntar.

¡Eso aquí, en Europa (y más concretamente en España), no pasa! Se ve que más de la mitad del total de los estadounidenses, que son los que han votado a Trump, son todos una pandilla de palurdos e ignorantes. Aquí somos mucho más inteligentes. Aquí votamos a dirigentes de verdad, incorruptos e inmaculados. Nuestros dirigentes no dicen palabrotas en la tele, ni hacen comentarios misóginos o racistas (al menos, que sepamos, públicamente). Tampoco construyen muros (en su lugar, acogen inmigrantes y refugiados para que acaben haciendo el trabajo sucio que nadie quiere hacer: limpiar casas y portales, recoger naranjas y trabajar en la obra).

No. Aquí nuestros dirigentes son mucho más sofisticados y nos revientan el ojete con delicadeza, para que no nos duela y no nos quejemos. Aquí ponen cara de niño bueno ante las cámaras, y a saber a qué se dedican en sus ratos libres (como doña Hilaria, que se dedicaba a asistir a cenas satánicas en sus noches de party loca). Aquí votamos a corruptos y a mentirosos, a violadores de la libertad de expresión y de educación, a sinvergüenzas que no tienen arrestos para hacer lo que Europa no quiere que hagamos.

¡Qué buenos y listos somos los europeos, y qué idiotas los americanos!

Todas las cadenas de televisión y radio ponen a parir a este “multimillonario magnate” políticamente incorrecto, y hablan de la pobre, idílica y angelical doña Hilaria, herida por su fracaso, que estaba dispuesta a aprobar leyes que permitiesen asesinar bebés en el seno de su madre, hasta horas previas a su nacimiento, si tenían algún tipo de deficiencia. Y es que claro, el magnate estadounidense difiere en su ideología y en sus políticas económicas de las de los magnates europeos y del mundialismo, por lo que su victoria le va a salir muy cara a nivel de imagen mediática.

Estoy hasta el gorro del buenismo europeo. Aquí no cabe un imbécil más.

Y que conste que no es un comentario de apoyo a la candidatura de Trump, sino de denuncia ante la hipocresía gilipollesca de Europa.

El fantasma cascanueces de Freud

Una de las muchas ideas que Freud se sacó de la manga (como un mago saca un conejo de su chistera), fue la conocida teoría de la libido. A mi parecer, no hizo otra cosa más que crear un fantasma cuya misión es la de atormentar a nuestros preciados testículos “insatisfechos”, y al que he bautizado como el fantasma cascanueces, o revienta – genitales. ¡Efectivamente, desde que se postuló dicha teoría a principios del siglo XX, el cascanueces anda rondando nuestros genitales!

Y es que la teoría de la libido de este “maestro de la sospecha” es la que está detrás de la concepción hedonista y utilitarista del sexo, tan propia de nuestro siglo, y que tanto nos caracteriza a los terrícolas del tiempo presente. Según Freud, nuestro impulso sexual está gritando y empujando desde lo más profundo de nuestro “ello”, a fin de que le abramos una vía de escape. Si, por el contrario, nos atreviésemos a contradecir dicho mandato o a ignorarlo (¡reprimiendo nuestros impulsos!), el fantasma revienta – genitales nos visitaría y, según muchos, provocaría la implosión de nuestros testículos***.

Traducido al español: si no te masturbas como un mono tus genitales podrían padecer lesiones irreversibles; o si no has mantenido relaciones sexuales desde hace meses (¡o semanas!, ¡o nunca!) tu personalidad podría verse trastornada por alguna afección mental, pues no has dejado escapar al verraco que llevas dentro. También parece ser que si un cura hace voto de castidad y decide vivir en celibato, acaba siendo pederasta: “¡ay! (dirá Paquita, fiel feligresa pepera de misa de doce) normal, si es que están tan reprimidos… si les dejasen casarse estas cosas no pasarían”.

Menos mal que los del PIES acuden a nuestros institutos a enseñar a los chavales que deben mantener relaciones sexuales lo antes posible y, si no, deben aprender a juguetear con sus genitales, a “conocerse” y a experimentar nuevas sensaciones. Y todo esto, como no, so pena de acabar tarados y zumbados de la cabeza, pues si no lo hacen habrán reprimido algo que, por naturaleza, debe salir fuera.

En la antigua roma no acudir a una orgía era de mala educación, digno del rechazo social de más alto grado. Hoy en día los pornoadictos y masturbeitors son el paradigma de hombre con una buena salud sexual. Sin embargo, si se presentase un joven de 24 años diciendo que es virgen y que hace todo lo posible por no masturbarse ni ver pornografía, se le tacharía de frígido o enfermo mental. Nietzsche tenía razón, hemos vuelto al principio.

***Lo característico de un fantasma es que no existe, y es que, aunque el impulso sexual es una realidad inherente a nuestra biología, la forma en la que Freud ha interpretado su vivencia es totalmente falsa. Pero ese es otro tema.

¡El sexo desaparece!

No seamos ilusos: el sexo ha desaparecido. No hay nada más falso que afirmar que vivimos en una cultura “pansexualista”. Llamémoslo genitalismo impersonal, anonadamiento pornográfico, o unión descarnada, pero no sexo. Porque el sexo sin procreación, sin sexuación y sin encarnación ya no es sexo. Es otra cosa. Vivimos en la sociedad más puritana y angelical de los últimos veinte siglos.

La muerte

Sin la muerte nuestra vida sería un sinsentido: la inminencia de la muerte nos hace valorar más el tiempo que se nos ha dado en esta vida, que es limitado, y nos empuja a aprovecharlo, a hacer lo posible por intentar llenar cada instante de nuestra historia con el sentido y el valor que se merece. Si no fuésemos conscientes del final de nuestra vida no nos importaría qué hacer con ella, pues lo que no pudiese hacer hoy lo haría mañana, o dentro de mil años. Los momentos, las oportunidades que pasan y ya no vuelven, desaparecerían, pues existirían infinitas posibilidades e inacabables oportunidades y, por lo tanto, la vida perdería su tensión natural y, en definitiva, su valor: ya no viviríamos esa expectación ante lo que la vida nos pueda brindar en un momento inesperado y para lo cual debemos estar bien despiertos. Todo su encanto se apagaría. Intentar aferrarse a la vida hasta el último segundo y entrar en la muerte como un niño pequeño y caprichoso al que se le quita su caramelo es una insensatez, y delata una gran inmadurez por parte de nuestra sociedad y cultura.

Las consecuencias del cientifismo ilustrado

Reconozcámoslo: nos han licuado el cerebro. Lo que antes era una masa estructurada, compleja y conexa, capaz de razonar y realizar actividades intelectuales, ha sido transformada en zumo de coco.

Dirá el ilustrado postmodernista y cientifista del siglo XXI: ¡quitémosles horas de filosofía, música, arte, latín y griego, teología, oratoria y retórica… a los estudiantes!, ¿de qué les servirá?, ¡no queremos que aprendan a ser personas: a dialogar, a buscar la verdad, a apreciar la belleza, a asombrarse con la realidad, a preguntarse el por qué de las cosas, etc.!; ¡Dios nos libre!, ¿qué rentabilidad económica tiene eso?, ¿qué beneficio obtenemos si queremos gobernarles como si fuesen borregos?
¡No! Qué estudien las grandes ciencias: ¡qué aprendan que la ciencia y el método científico son el único camino para llegar a conocer la verdad!, ¡la ciencia genera tecnología, y la tecnología nos da pasta gansa y mano de obra barata!

– Pero entonces, ¿para qué existo? (pregunta un simple mortal)

– ¡Ah!, no sé (responde el ilustrado cientifista). Aplica el método científico, que seguro que llegas a algo.

– Entonces (continúa tímidamente)… ¿por qué existe el mal?, ¿qué sentido tiene el sufrimiento?

– Bueno… la ciencia nos enseña que la estocasticidad ambiental puede generar perturbaciones imprevistas en el medio y los individuos que habitan en él.

– Ya… ¿y qué ocurrirá cuando muera?, ¿mi cadáver se descompondrá y seré arrojado a la nada de la inexistencia?

– Mira… Esa pregunta no viene a cuento ahora. No te preocupes que eres joven y para eso todavía te queda. Yo solo sé que hoy estrenan una película buenísima en la Salera…

Y así nos va. La estrategia es crear una cultura que no se haga preguntas sobre la vida, es decir, ¡una “cultura científica”! Hay que mantener, para ello, constantemente el buche lleno, el pene satisfecho y el cerebro en encefalograma plano: comida, porno, sexo fácil y mucha televisión (y PokemonGo). No hace falta nada más. Aquella pregunta a la que no pueda responder la ciencia es inútil a nivel de productividad económica, por lo tanto no conviene que las personas se la formulen.

Puntos flacos de los derechos humanos

Los derechos humanos han sido formulados y promulgados por humanos, es decir, una instancia no superior, sino igual, al hombre. Por lo tanto, si cualquier persona (o gobierno) quiere pasarse por el forro de sus genitales dichos derechos, aduciendo que no tiene porqué obedecer al criterio de otro ser humano (insisto, o gobierno) igual a él, puede hacerlo sin que nadie le tosa siquiera ¿Quién es el hombre para que sea obedecido por otro hombre igual a él?, ¿por qué, si no, en tantos países siguen infringiéndose los derechos humanos?

Por otro lado, al no estar fundamentados en nada más que los propios criterios humanos, pueden variar y cambiar tanto como el parecer de los hombres sobre los diversos temas que le incumben. De hecho, así como hace unos años era impensable que aniquilar la vida humana en el vientre de la mujer pudiese llegar a ser algún día un “derecho”, hoy por hoy así es. Es más, este supuesto derecho está queriendo imponerse en tantos países que siguen manteniendo su negación a reconocerlo como tal. Como antes, falla el hecho de que no existe una instancia superior a los hombres que asegure que dichos derechos sean siempre acordes a la naturaleza y dignidad de la persona, así como su estabilidad y permanencia en el espacio y el tiempo.

Por último, cabe destacar la actitud que brota del hombre ante esta concepción de los derechos humanos. Hijos de una sociedad y cultura capitalista y burguesa, nos creemos gratuitamente merecedores de todo y, cuando se nos niega algo, lo exigimos, cual niños malcriados. Así pues, la respuesta de los hombres y mujeres del siglo XX en adelante, cuando son privados de alguno de sus derechos, es la exigencia estéril.

Sin embargo, los católicos estamos llamados a vivirlo todo ya no como un derecho, sino como un regalo inmerecido, de modo que la respuesta sea siempre el agradecimiento y, en caso de ser privados de algo que discernimos nos hace falta, la humilde y fértil súplica.