El miedo a la coherencia

El 70% de los españoles son “católicos”. Ningún partido (y prácticamente ningún diputado) en el congreso de los diputados defiende la vida desde la concepción hasta la muerte natural, ningún partido defiende la familia, etc. Una vez más, el bolsillo y el miedo han vencido a la coherencia.

Pero tranquilos, la Basílica del Lledó seguirá siendo propiedad de la Iglesia, las procesiones medio seniles de Semana Santa seguirán a salvo, los colegios “católico” – concertados seguirán con sus arcas llenas y sembrando tibieza e incoherencia en sus alumnos, y los contratos precarios seguirán sacando del paro a millones de españoles.

No nos conformamos con menos. This is Spain.

Como diría XM: Jesús, ven pronto (y tráete el meteorito)

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Responsabilidad de voto y aborto

Votar a un partido no es una acción moralmente neutra: le estás confiriendo poder para actuar en tu nombre. Cuando votas a un partido, eliges a un conjunto de personas que quieres que te representen, es decir, que hablen por ti y lleven leyes y proyectos de gobierno adelante, y con los que tú estás de acuerdo.

Del mismo modo, no puedes votar solo a una parte del programa electoral del partido que te va a representar. Es decir, cuando votas a un partido dices “sí” a absolutamente todos sus proyectos de política social, económica, educativa, etc. Y no solo a una fracción de éstos, siendo responsable de que entren en vigor y se lleven a la práctica íntegramente.

Con esto quiero decir que si un partido, en su programa, incluye promover el aborto libre (o no propone ninguna medida para evitarlo), y le votamos por sus fabulosas políticas económicas, por miedo a que gane otro partido… estamos siendo igualmente responsables de que en nuestro país se sigan practicando millones de abortos cada año, porque diciendo “sí” al tema del dinero, estamos diciendo “sí” también al aborto, dándole poder a nuestros representantes para que lo promuevan.

Evidentemente no podemos estar de acuerdo con absolutamente todo el programa electoral del partido al que queremos votar (habrá cosas que nos parecerán mejor, y otras que haríamos de otra manera), pero hay asuntos que son innegociables y moralmente inadmisibles.

Sigo sin entender, hoy por hoy, cómo tantos pastores de la Iglesia callan y guardan silencio con respecto a este tema. Imagino que será el complejo de “la Iglesia no debe meterse en política”. El laicismo ha conseguido su objetivo.

El voto, antes que útil, debe ser moralmente aceptable. No todo vale.

Democracia

Algunos ilusos seguimos creyendo en la autenticidad de la democracia. Sin embargo, hoy por hoy este sistema político no deja de ser un placebo eficaz, cuyo efecto es hacer creer al ciudadano de a pie que tiene algún poder sobre el gobierno del mundo que le rodea. Por otro lado, generaciones anteriores a la nuestra se han encargado de introducir en nuestra cultura (si es que queda algo de eso) un relativismo desorientador que ha anulado cualquier criterio auténtico de elección por nuestra parte. Este relativismo, junto con el hacer creer al hombre que está eligiendo su destino, son el caldo de cultivo idóneo para poder gobernar a las masas a placer, sin que éstas se rebelen. ¿De verdad seguimos creyéndonos la milonga de que votando a Podemos, al PP… la cosa va a cambiar? A España, como a tantas otras en la historia, le toca tocar fondo, sea bajo el peso del “comunismo radical”, sea a merced del “capitalismo imperialista”. Porque la crisis que vive este país, como la de muchos otros, no es económica, social o demográfica, sino que es una crisis de identidad.

El bien – persona

Las personas estamos hechas de modo que no podemos dejar de buscar el bien. El primer bien a descubrir es la propia existencia, esto es, el valor de la persona, de modo que si se olvida o elimina este bien primordial, es decir, el valor inherente de la persona en sí misma, el hombre debe lanzarse a la búsqueda de otro bien alternativo que le sirva de sucedáneo, y ponerlo así en el lugar del bien anterior, más auténtico y verdadero. Si ese bien sucedáneo es el placer, éste queda por encima del rezagado y olvidado bien – persona, por lo que ésta pasa a ser un medio para alcanzar el ahora bien superior que es el placer. Las personas no sabemos amar no porque seamos unos gorrinos en celo, sino porque hemos olvidado, en definitiva, lo valiosos que somos.